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Ojos de Luz


OJOS DE LUZ





Por Carmen Coll Fernández

 

 

 

 

“A todas las personas que me han

Inspirado (aunque sea involuntariamente) en

La creación de esta historia.

Pero sobretodo, a los ojos de Carl”

 

 

 

 

Capítulo Uno: El encuentro

 

Charlotte se revolvió el rizado cabello castaño antes de salir del taxi.

Se apoyó en la ventanilla bajada del vehículo, y miró al taxista con cara de pocos amigos.

 ¿Cuánto?  preguntó con amargura.

 Cuatro con noventa.  el extrañado conductor desvió la mirada; no quería observar demasiado a su malhumorada clienta. Había algo en el gesto de aquella joven…

Un largo resoplo de aburrimiento, producido por ella, le sacó de sus pensamientos.

Después de mucho revolver en la cartera, parecía que había encontrado un arrugado billete de cinco. Se lo tendió arrugando la frente.

 Por mí puede quedarse con el cambio.  añadió mirando al cielo.

 No… hay de qué, señorita.

Charlotte sonrió. Fue el primer gesto de amabilidad que el taxista había visto en ella desde su trayecto hasta la avenida de Wells. Le gustó.

 Mucho gusto… caballero.  fue la extravagante respuesta de la chica.

Después, comenzó a caminar a buen ritmo, y al instante ya había desaparecido entre el gentío.

Era extraña, se dijo. No había otra palabra para describirla.

 

 

Soy extraña.

Un único pensamiento recorría su mente, llenándola por completo de absurdas ideas. Un único y peligroso pensamiento.

Podría repetir de carrerilla y sin vacilar todo lo que había hecho esa mañana. Y todas las acciones le parecían igual de estúpidas y sin sentido. Sabía que se enfadaba por cualquier motivo, y que sus enfados tenían fama de durar bastante. Cuando se cabreaba, daba igual con quién estuviese, esa persona se sentiría desdichada al instante. Y se quedaría pensando el resto del día que qué mosca le había picado.

Y Charlotte solía enfadarse por nada, o por todo según por dónde se viese. Todo le salía mal, o al menos eso se decía mientras recorría el supermercado buscando leche, levadura y azúcar.

El único consuelo que encontraba en la vida eran los postres y dulces en general, sobretodo los que ella misma preparaba. Solía ponerse manos a la obra en la pequeña y ridícula cocina de su más aún pequeño y ridículo apartamento en el centro.

También solía irse por las tardes, cuando no tenía nada que hacer, al café de La Esquina, a beber café solo, sin añadirle ni sacarina. Era lo único que soportaba amargo. Mientras sorbía de su taza humeante, pensaba que ese café podía compararse con el mundo en el que se movía, amargo, oscuro, y soso a la vista de otros, aunque especial y diferente, como una sensación única, visto desde sus ojos.

Se paró un instante en el pasillo de la bollería. No le vendrían mal unas napolitanas de crema para desayunar. Cogió un paquete mediano, y lo tiró en el carro de la compra, pero con tan mala suerte, que cayó fuera de su objetivo.

Suspiró, abucheándose a sí misma por su pésima puntería y se agachó para recogerlas. Se levantó, suspirando de nuevo, y fue entonces cuando sus miradas chocaron.

Unos ojos oscuros y tristes, los suyos. Unos ojos cálidos y risueños, de un color claro entre azulado y verde esmeralda. Una mirada llena de luz y esperanza, la del desconocido.

Charlotte se hizo para atrás, con tal de ver el rostro del misterioso personaje.

Era un joven dos o tres años mayor que ella, con el cabello rojizo, y la tez muy pálida, lo cual explicaba la luminosidad que desprendía su mirada.

 Hola.  comenzó él.  supongo que eres Charlotte.

Ella se planteó salir corriendo; puede que los ojos bonitos y la sonrisa franca fueran tan sólo un engaño, porque no encontraba otra explicación para que él supiera su nombre.

 Te he hecho una pregunta.  insistió.

 Sí.  dijo cortante.  Así me llaman.

 Yo soy Carl. respondió mientras jugueteaba con sus pulgares y miraba al suelo. Otra sonrisa fugaz envolvió su rostro.

Fue un momento embarazoso que se hacía eterno. No parecía mala persona, pero…

 ¿Qué quiere?  preguntó ella, huraña.

 No lo sé.

Charlotte puso los ojos en blanco. Así no iban a llegar lejos.

Carl pareció notar su gesto distante, porque se acercó aún más y le dijo:

 Eres guapa…

Ella le miró irritada, recogió su carro de la compra y entornó los ojos.

 Es usted insoportable.

Él, para su asombro, (aunque eso hizo que se enojara más) se rió. Su risa era agradable, cierto, pero nunca había odiado más a una persona que en ese momento.

Le dio la espalda y salió de allí; pagó apresuradamente los alimentos en la caja, y se marchó del supermercado, sintiéndose mucho más segura. No sabía que era en ese momento cuando debía preocuparse.

 

 

El despertador sonó como siempre a las siete en punto. Maldiciendo el aparato, una adormilada Charlotte salió de entre las mantas y se levantó, no sin antes desperezarse exageradamente. Buscó a ciegas las zapatillas de la casa debajo de la cama, y arrastrando los pies, se dirigió a la ducha del minúsculo aseo.

No había butano, pues se había acabado la mañana anterior y se había olvidado completamente de llamar a por otra botella. No sabía dónde tenía la cabeza; bueno, mentira, sí lo sabía, pero no entendía el por qué. No entendía por qué no conseguía olvidar el rostro del idiota del supermercado, y sus misteriosas palabras.

Palabras imbéciles dichas por un imbécil…

Gimió cuando el chorro de agua helada rozó su piel morena, y los dientes le castañearon hasta después de salir del baño, y mientras se vestía. No hay cosa más desagradable que tener que ducharse con agua fría a principios de Marzo.

Ni siquiera toparse en el supermercado con un tío así de estúpido…

Otra vez. No conseguía sacárselo de la cabeza.

Para intentar alejarlo de sus pensamientos, corrió hacia la cocina. Pensó que si tenía mucho en mente no le quedaría tiempo para acordarse de él.

Cogió de un estante una de las napolitanas, e intentó que la crema blanca le distrajera un poco.

Se sirvió un vaso de leche, que acabó de un trago, y salió de su casa.

 

 

No tenía coche, ni pensaba tenerlo hasta que consiguiera ahorrar una suma de dinero considerable, lo cual resultaba casi imposible. Las facturas y las compras básicas ocupaban casi todo su sueldo.

Tenía otros medios para moverse por la ciudad; en esta ocasión, el autobús urbano.

Aplastada entre la multitud de viajeros, alargó su brazo para sujetarse a la barandilla y tener menos posibilidades de caer ante un brusco frenazo y morir aplastada.

Y entonces lo vio.

A su lado, en el vehículo. Carl.

Se alegró de medir 1’62. El chico era muy alto, y la mayoría de personas que se encontraban allí también. Ella, agachándose un poco, consiguió pasar desapercibida.

Al fin llegó su parada, y suspirando de alivio bajó la escalerilla con un ágil salto.

Sin embargo, se arrepintió de haberlo hecho, y quiso volver a subir cuando advirtió que, por la otra puerta, él también bajaba.

Sus miradas se volvieron a encontrar.

 Hola.  dijo Carl.  Qué agradable sorpresa, ¿No?  sonrió pícaramente.

Ella le dedicó una mirada llena de desdén antes de comentar con una voz tan helada como la del agua de su aseo matutino:

 Carl, si no recuerdo mal.

 Tu memoria es buena.

Otro largo silencio, de nuevo interrumpido por ella.

 Bueno, si no te importa, llego tarde al trabajo, y no me gustaría mucho que me despidieran, así que, me voy.

Comenzó a andar deprisa, sin atreverse a mirar atrás. Le daba miedo asegurar que él seguía allí, mirándola con su bonita sonrisa y sus ojos llenos de luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Dos: Alarmas

 

Los días siguientes, fueron, como solían serlo todos, pura rutina. Se levantaba temprano, salía de su casa con el tiempo justo. Corría, o llamaba un taxi (ya no quiso volver a subir a esas horas en el autobús; y llegaba a la oficina en la que trabajaba de secretaria a duras penas.

Después de su empleo, preparaba postres o se iba al café, veía algún programa estúpido de la televisión y se acostaba.

No le molestaba que su jornada fuera tan repetitiva, es más, significaba que nada iba mal; o al menos eso creía.

La primera señal de alerta fue una llamada telefónica.

 ¿Diga?  preguntó sujetándose el auricular con el hombro mientras removía el cuenco de natillas caseras con un gran cucharón de madera.

 ¿Charlotte?

Esa voz dulce y cantarina sólo podía ser de una persona. Lo sabía.

 ¿Charlotte?  repitió.

Ella se limitó a colgar el teléfono. No sabía como había conseguido su número, pero tampoco pensaba averiguarlo.

Se dejó caer en la silla de la cocina, destrozada. ¿Es que aquel hombre pensaba acosarla toda su vida?

El apetitoso olor a canela en rama le embriagó, y se secó las pocas lágrimas que había derramado. Siguió con su tarea restándole importancia.

Pero la llamada sólo había sido un aviso, una alarma. La primera alarma. Ya llegarían las demás.

 

Estaba en su cama leyendo un libro. Como agua para chocolate, para ser más exactos. Hipnotizada por las trabajadas palabras de Laura Esquivel, al principio ni se dio cuenta de que algo había cambiado.

Fue al terminar el capítulo y notarlo. Había algo diferente en su habitación.

El olor. Un olor ácido y fresco, como a pulverizador de limón. Se levantó con desganas y recorrió su piso (tarea que no le llevó demasiado, teniendo en cuenta el tamaño), buscando la fuente de tan atractivo aroma.

No tardó en encontrarla; había una cesta de flores silvestres en el recibidor.

Tenía un extraño presentimiento acerca de quién se las había enviado. Y esperaba que fuera falso.

 

Para Charlotte, de Carl, aquel misterioso hombre enamorado de sus ojos negros con el que tiene que hablar. Nos vemos mañana en el parque de enfrente de la estación del ferrocarril; a las seis de la tarde. No faltes, será peor para los dos.

 

Cerró los ojos con fuerza, hasta casi hacerse daño. Contó hasta diez, veinte, treinta… los abrió. Pero no pudo contener su enfado. Cogió la nota que incluía el regalo y la rompió. La rompió en tiras, que dividió en trozos, que volvió a destrozar hasta que sólo quedó entre sus manos minúsculos pedacitos de lo que antes había sido la carta de Carl.

Enfurecida, se fue a la cama vestida como estaba. Total, sabía que le sería imposible coinciliar el sueño.

Sus enfados eran terribles. Tenían fama de durar mucho. Pero lo peor era que descargaba su ira con la persona que más cerca se encontrase.

 

La mañana siguiente se presentó gris y nublosa. Una espesa neblina cubría el ambiente, apenándolo.

Charlotte se levantó pálida y ojerosa. No había dormido apenas. Se alegró de que fuera sábado y no tuviera que enfrentarse a una dura jornada de trabajo.

Pero, no tener que ir deprisa de un lado para otro y poder quedarse tranquila en su casa le suponía enfrentarse a sus pensamientos. Y eso era mucho peor.

El cabreo no se le había pasado. Su único consuelo fue que pudo ducharse con agua caliente y desayunar sentada. De todas maneras no tenía hambre. Mordisqueó una barrita de muesli y chocolate y bebió medio vaso de zumo de naranja.

Tampoco tenía ánimos para cocinar, y estaba segura de que el café amargo le haría sentirse peor.

Vagó por la casa un rato, aburrida. Al final se dio cuanta de lo absurda que estaba siendo. No podía amargarse tan sólo por ese imbécil. Seguiría adelante.

Se vistió, eligiendo de su armario unos vaqueros desgastados y una camiseta fruncida por arriba y ancha por la parte de abajo, que se ondulaba en su cadera pronunciándola y haciéndola más bonita; y salió a la calle. Mientras paseaba, empezó a fijarse en la gente, jugando a inventar sus vidas según su cara. Era un pasatiempo que llevaba haciendo desde niña, y le gustaba. Mirando los rostros de las personas un sábado a media mañana se pueden imaginar muchas cosas.

Esta señora que viene por la calle del mercado parece preocupada, más bien estresada. Por la edad que aparenta, parece ser la madre de tres diablillos insoportables, y tener un marido algo inestable. Seguro que anda pensando en por qué cometió la sandez de formar una familia.

Y a aquel niño que pasa corriendo se le nota feliz. Es pequeño, no se da cuenta de nada, y para él pocas cosas satisfacen más que jugar al fútbol y correr por ahí con sus amigos, ir al zoológico, al cine… inocentes preocupaciones dignas de una mente infantil…

Pasa una pareja de adolescentes. Ella enrosca sus brazos en el cuello de él, que se limita a morrearla y ronronear. Enamorados.

Charlotte suspiró mientras se fijaba en los caminantes de la plaza. Acababa de llegar al quiosco, y se puso a ojear una revista de actualidad.

 Disculpe, caballero… comenzó el quiosquero.

¿Caballero? ¿Caballero? ¿La había confundido con un chico? ¿Podía eso ser?

Se dio la vuelta; y con alivio observó que “el caballero” no era ella. Era un joven que acababa de llegar al comercio.

 Dígame. respondió con voz cantarina y alegre.

Charlotte dio un saltó, sobresaltada. Le miró a los ojos. Aquel chico no era Carl, pero podría haber pasado por su hermano gemelo, de no ser por el cabello oscuro, casi azabache. La misma mirada brillante, la sonrisa burlona…

Se preguntó si se habría teñido para que no le reconociera. Era probable. Pero entonces vio otro signo que probaba que la persona que tenía a su lado no era quién creía: No la había mirado.

Fuera a dónde fuera, Carl siempre estaba allí; observándola. El chico del quiosco ni la había visto.

Esto es muy extraño, será mejor que salga de aquí antes de que me vea…

Y eso hizo; dejó la revista y salió corriendo, ignorando a los transeúntes que la miraban con mala cara. En menos de diez minutos ya estaba metiendo la llave por la boca de la cerradura. Subió las escaleras de dos en dos, puesto que el piso era viejo y no tenía ascensor. Entró en su casa y dejó caer al suelo.

Jadeó, debido a la carrera. Necesitaba un dulce.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Tres: La Cita

 

Sentada en el sillón del salón, comenzó a pensar. No iba a salir huyendo, ni a tener miedo. Tampoco iba a aceptar que aquel intruso apareciera en su vida. Simplemente iba a cortarlo desde la raíz.

Acudiré a la cita, se dijo mientras masticaba la tarta de queso que llevaba en la boca. Pero sólo para aclararlo todo de una vez.

Quería saberlo todo; qué demonios hacía Carl, por qué aparecía en su vida así como así, y quién era el oculto personaje del cabello moreno. Idénticos. ¿Gemelos, tal vez? Ya lo vería. Lo vería todo.

 

 

La mañana pasó en un abrir y cerrar de ojos y con ella llegó la tarde; Charlotte se mordió las uñas, nerviosa. Era el momento. Y no sabía si estaba preparada.

¿Para qué? Tan sólo vamos a hablar. Nada más. Si hubiera querido hacerme algo lo habría hecho ya. Ha tenido oportunidades de sobra.

Salió de nuevo y llegó a la estación del ferrocarril. No vivía lejos. Se preguntó una vez más como habría conseguido Carl su dirección y teléfono. No sabía su apellido, o al menos, nunca se lo había mencionado.

Cruzó. El parque era bonito, grande, verde. Repleto de bancos, para que los novios se sentaran a besuquearse, o las madres a darles los bocadillos a sus hijos, que jugaban cerca de allí, en la zona de los columpios.

También tenía un lago, cristalino, azulado. Le recordó a la mirada de cierta persona, pero enseguida retiró ese pensamiento.

Y allí, en el lago, estaba él, apoyado en la barandilla, observándolo con el ceño fruncido y aire crítico. Tenía un aspecto soñador, daba la sensación de que era de otro mundo…

Vaciló un poco, pero al final se acercó.

 Hola.  saludó, intentando que sonara más frío todavía.

Carl levantó la cabeza y la miró. Sus ojos resplandecían como diamantes bajo la luz de la tarde.

Charlotte sacudió la cabeza.

 ¿Qué quieres? fue al grano.

 Sigo sin saberlo.

Ella hizo ademán de marcharse, y él la detuvo.

 Me sorprende que hayas venido. dijo, mirándola fijamente.

 A mí también. Adiós. desvió la cara; sabía que si no lo hacía el magnetismo que desprendía acabaría hipnotizándola.

 Espera. le llamó.

Suspiró, y cerró sus bonitos ojos. Sin ellos, parecía un tío completamente normal, y Charlotte se relajó un poco.

 Supongo que querrás saber quien soy, por qué te conozco, por qué te sigo, y qué busco. ¿Me equivoco?

Ella asintió con la cabeza.

 Charlotte. Te conozco desde que eras pequeña, lo sé todo sobre ti.

 ¿Qué? pudo murmurar. No se esperaba eso.

 Lo siento. Lo siento. Lo siento. dijo Carl.  Parecía destrozado por dentro.

 ¿Lo sabes todo sobre mí?

 Prácticamente  respondió, encogiéndose de hombros.  ¿Quieres saber la historia?

Charlotte asintió. Fue un acto reflejo, ni siquiera se dio cuenta de que lo hacía; pero al rato estaba sentada en la barandilla del lago, mirándolo a los ojos y escuchando la verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Cuatro: Confesión

 

Todo comenzó hace mucho tiempo. Bueno, puede que no. En realidad, para ti, no comenzó hace mucho tiempo, sino que aún no ha comenzado. Me estoy liando… mejor será que vuelva a empezar.

En el año 2300, se produjo la Tercera Guerra Mundial. El 26 de Marzo, fecha a la que estamos hoy, de hecho.

La guerra fue muy cruenta, heridos, muertes, masacres… lo típico en esos casos, ya sabes. Duró 15 años, y después se acabó. Todo el globo quedó sumergido por una crisis de pobreza gigantesca. No había nada de dinero.

Poco a poco, se fue reconstruyendo países y ciudades, aunque nada fue lo mismo. Se había instalado una huella de tristeza en el corazón de las personas. Una huella imborrable.

Ya no había poder, política ni economía. No quedaba nada por lo que luchar, parecía una condena. Hasta que, un día, la esperanza.

Un grupo de hombres y mujeres se unieron con un motivo: Recuperar la tierra tal y como se había conocido antes de la Guerra.

Se anunciaban por todas partes; los salvadores, les llamaban, parecía que el mundo estuviera volviendo marcha atrás y ese grupo radical fuera el equivalente a los Profetas bíblicos.

Cada vez más gente se unía, yo entre ellos. Quería aprovechar mi conocimiento para salvar el planeta, aún sin saber si eso era posible. Me precipité. Y no me arrepiento.

Nos juntábamos para formar campañas, reuniones... Solíamos ayudar a la gente más necesitada, aunque en realidad todos eran necesitados, todos éramos pobres, nadie tenía nada.

Lo único positivo de la experiencia es que aprendimos a vivir al máximo con lo que teníamos, y que no había distinciones, daba igual que uno fuera blanco o negro, todos teníamos el corazón gris. Nadie podía presumir, ni hacer sentir mal a los demás, porque ya lo estábamos. Todos en el mismo bando. Un bando del que no podíamos salir.

Y luchar no servía de nada. Llegué a la conclusión de que apuntarme al grupo no había servido de nada. Menos mal que estaba equivocado.

La solución llegó pronto, si en la Tierra no quedaba nadie capaz de ayudarnos, tendríamos que pedir ayuda a otros mundos.

Antes de la guerra, a partir del 2291, se comenzó a investigar todo lo del tema de los viajes en el espacio. Ya se sabía de sobra que había vida en otros planetas, pero no se podía llegar a ellos. El proyecto se quedó olvidado con la guerra, pero volvimos a él. Hizo falta la contribución de muchísima gente. Pero, al final, hacia el 2322, se logró conseguir.

Enviaron a varias personas voluntarias a otras galaxias, a buscar ayuda. Los demás nos limitamos a esperar.

No tardaron mucho. En 2 años volvían con una tripulación entera de “alienígenas”. Yo entonces tenía, como ahora 33 años. Los “inquilinos”, no eran como cualquiera se los habría imaginado. De semejanza a los humanos, pero con las orejas más puntiagudas, como si de elfos se tratasen, y unos ojos desmesurados para el rostro.

Pero a pesar de su parecido con nosotros, estaban en mejores condiciones, y supieron qué era lo que teníamos que hacer.

Tras aprender su idioma, nos dijeron que nos entregarían en secreto de la magia. La magia era sabia, poderosa… era justo lo que necesitábamos.

Nos enseñaron a llamar a la magia dentro de nosotros, a dominarla, a aprender paso a paso, despacio, con cautela.

En unos meses, gracias a su apoyo; todo el planeta conocía las funciones básicas de la magia.

Pero, consternados, descubrimos que un mundo muerto no es algo que se pueda revivir chasqueando los dedos. Los hechizos no fueron suficientes.

Los “extranjeros”, nos explicaron su teoría.

Según ellos, el nuestro era un fallo que no tenía solución. A no ser que se volviera atrás.

Y nos enseñaron su segundo poder: El de dominar el tiempo.

Nosotros no podíamos solucionar lo que habíamos hecho. Pero había algo que sí estaba a nuestro alcance.

Debéis elegir unos 100 de los vuestros. Deben viajar en el tiempo, cada uno a un destino diferente; hacia una persona diferente. El poder os guiará hacia esa persona, será vuestro elegido. Podréis ver la vida de esa persona, aprenderlo todo sobre ella, y después, viajar de nuevo, esta vez al 2008. Ese fue el año en el que fueron empezando los conflictos, pero con muchísima lentitud.

>>En el 2008, deberéis buscar a esa persona, hasta dar con ella, y explicarle la comprometida situación. Enseñadle el  secreto de la magia, y decidle, que cuando todo empiece a cambiar a peor; lo empleen.

Serán 100 personas combatiendo contra el mal, prevenidos. Serán 100 personas, que, por pocas que parezcan, serán los responsables de cambiar la historia.

Dicho esto, los inquilinos se fueron, y no volvimos a saber nada de ellos.

Se hicieron pruebas para escoger a “Los elegidos”, y uno de los 100 fui yo.

Viajé en el tiempo hasta aquí, pero hace 30 años. Cuando naciste. Viví tu vida a la vez que tú, como si de una película se tratase; y ahora, en el 2008, tenía que intentar hablar contigo para enseñarte una confesión que nos fue revelada hace mucho, aunque, como ya he dicho al principio, para ti no ha llegado la guerra, ni nada ha ocurrido. Para mí sí, y no puedes ni creerte lo afligido que me pone eso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Cinco: Magia en tu interior

 

Cuando Carl acabó su crónica, ya se había hecho de noche, y la tenue luz de las farolas los iluminaba. El parque estaba vacío.

 No… no puedo creerlo.  Charlotte se tentó a añadir “No quiero creerlo.” Durante todo el relato, había estado callada, escuchando, y no se había oído más que su pesada respiración; ahora que por fin hablaba, su propia voz le resultaba extraña.

 Pues debes creerlo. Es la verdad, es el único motivo por el que te he seguido, por el que he llegado a incluso a acosarte. Para que me hicieras caso. Sé que lo estoy haciendo mal, no debería haber sido elegido, es un misterio por qué no escogieron a otro en mi lugar. Pero a veces hay preguntas cuyas respuestas no llegamos a conocer nunca.

 ¿Y sabes magia?

Carl asintió.

 Y debo enseñártela. Y creo que ahora es un buen momento para hacerlo.

 No.  Le interrumpió la chica.  Tengo una pregunta más.

 Dispara.

 Esta mañana, junto al quiosco, he visto a una persona exactamente igual a ti. Tan sólo es diferenciaba el color de pelo. El suyo era negro azabache.

 ¿En serio?  el joven parecía interesado.  No sé quién puede ser, no conozco a nadie prácticamente igual a mí… Si lo vuelves a ver me avisas.

Charlotte asintió.

 Bueno, creo que ha llegado el momento de que te enseñe el poder de los inquilinos.

Sonrió pícaramente mientras le guiñaba uno de sus bonitos ojos resplandecientes. Charlotte sintió como se derretía. Algo estaba surgiendo dentro de ella. Algo vulgarmente conocido como amor.

 

 

 Lo más importante es que te concentres. No te muevas, deja el cuerpo rígido… así, muy bien.

Estaban en el parque de nuevo. Otra vez era de noche, y no tenían cerca a nadie que les pudiera molestar.

 Bien, ¿Y ahora?

 No seas tan impaciente… a nosotros nos enseñaron a tener paciencia y tomarse las cosas con calma. Y ahora yo tengo que enseñártelo a ti.

Charlotte suspiró.

 Ahora, cierra los ojos, relájate, y trata de encontrar una esencia dentro de ti.

La joven lo intentó varias veces, pero en esos momentos, lo único que tenía en su interior era una extraña sensación de mariposas en el estómago. Le gustaba, aunque a la vez le inquietaba. ¿Qué le estaba pasando?

 ¿Lo sientes?

 Hum, no… me parece que tengo que concentrarme más…  resopló, aburrida. No puedo…

 Claro que puedes. Te lo digo yo. Y te conozco; te conozco también como tú misma. Esa no puedes negarlo.

 Claro que no, es que…  pero calló. Acababa de sentir algo cerca de su pecho, una especie de energía, positiva. Intentó atraerla, hacerla más grande…

 ¿Puedes?

 Sí, creo que sí.

Ambos contuvieron la respiración. El momento era crucial.

 

 

 Y ahora, tienes que sentir el cosquilleo desde la punta de los pies hasta el cerebro, cuando lo detectes, estira los brazos.

Charlotte lo hizo.

Al instante, una de las ramas del viejo roble, se partió en dos y calló al suelo.

 ¡Genial! Lo he conseguido.

 Sabía que eras capaz.

Carl se aproximó un poco más hacia ella. Sus corazones latían frenéticamente en la semioscuridad.

 Tú me has dado la fuerza que necesitaba.

El chico negó con la cabeza.

 Eres tú la que tienes esa fuerza, yo no he hecho nada.

 Sea lo que sea, aún me queda mucho por aprender.

Y continuaron practicando magia, aunque, comparándolos con la chispa de naturalidad del ambiente, los hechizos no tenían nada de especial.

 

 

 

 

Capítulo Seis: El Individuo

 

Los días dejaron de ser las rutinas aburridas de siempre para convertirse en momentos únicos. Después de trabajar, se encontraba con Carl, y practicaban juntos mientras hablaban. No valía la pena hablar de su vida, ambos la conocían de sobra, en lugar de eso; comentaban la de él.

Le contó sus sueños, sus ilusiones, sus anhelos…

Charlaban tanto de temas banales en torno a al joven tanto como de la terrible guerra futurista, y de las tecnologías, los avances…

Antes de que se dieran cuenta, todo estaba demasiado oscuro como para seguir, y se despedían. Hasta el día siguiente. Misma hora, mismo sitio.

Casi dos semanas después de que él le desvelara su secreto, de camino a la oficina, Charlotte se topó con alguien.

Al principio, le miró tan sólo los ojos, y creyó saber de quién se trataba. Pero después se fijó en el cabello moreno, del color del carbón.

Se miraron fijamente, aquello le recordaba al encuentro con Carl en el supermercado.

 ¡Disculpe!  le llamó.

 ¿Sí?  preguntó.

Su voz, tal y como recordaba era igual a la de Carl; melodiosa y dulce.

 ¿Nos conocemos de algo?  comenzó, eligiendo con cautela cada palabra.

 No, que yo recuerde…

Vale, o está fingiendo, o realmente no me conoce…

 Me parecía haberle visto en alguna parte, o a usted o a alguien similar… se ve que me habré confundido…

Ahí le pilló. El desconocido se sobresaltó, y murmuró algo para sus adentros.

 Habrá sido un error.  dijo finalmente, con una falsa sonrisa en su pálido rostro.

 Sí, supongo…  terció Charlotte de malas maneras. Estaba comenzando a enfadarse.

 Bueno, ya nos veremos. Supongo.

Téngalo claro….

 Eh, sí, por supuesto. Adiós.

La conversación había llegado a su fin. Ambos se despidieron, cada uno con sus cosas en la cabeza, las de Charlotte, averiguarlo todo sobre ese individuo.

 

 

 ¿Lo has vuelto a ver?

 Exacto.

Carl daba vueltas de un lado para otro, pensativo. Parecía preocupado; Charlotte lo miró.

 ¿Quién crees que es?

 No lo sé…

Suspiraron al unísono y se observaron fijamente.

 Creo que deberíamos continuar con nuestra tarea.

Charlotte se mordió el labio inferior. La magia. En los últimos días apenas podía concentrarse. Los hechizos no le salían como antes…

 De acuerdo.  Tragó saliva.

Carl la miró divertido.

 ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de hacerlo mal?

 Algo así…

 No te preocupes.  le cogió de los hombros y la acercó hacia él. A esa distancia se sintió mucho más segura.  Lo haces genial.

Ella sonrió, sin tenerlo del todo claro.

Y se pasaron el resto del día practicando encantamientos y hablando entre ellos. Nada parecía haber cambiado, por mucho que ambos siguieran preocupados por el personaje desconocido. Todo estaba bien. O casi todo, porque Charlotte no sabía entre las palabras de Carl se estaba tejiendo una dolorosa mentira que crecería hasta estallar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Siete: Investigando

 

Comenzó la indagación. Ninguno de los dos tenía Internet en su casa, por lo que fueron a un cibercafé.

 Ni siquiera sabemos su nombre, ¿Cómo vamos a encontrar algo sobre él?  preguntó ella visiblemente agobiada.

 Tengo mis propios… métodos.  respondió él con una sonrisita de superioridad.

Sus métodos consistían en publicar un anuncio clasificado de busca.

 Indicamos la ciudad, sus rasgos, sus características… y ya está. Nos responderán pronto.

 Eso espero.  Charlotte había fruncido ligeramente el entrecejo. Carl la miró de soslayo.

 No te irás a enfadar, ¿verdad? Cuando te enfadas te pones imposibles.

 Quizás. ¿Y eso tú como lo sabes?

 Te conozco muy bien.

 Demasiado. gruñó.

 Venga… anímate. Pronto nos responderán y sabremos quién es esa persona.

Sí…

En realidad, tuvieron que esperar una semana.

 Han respondido.

 ¿Qué?  Charlotte lo traspasó con su mirada oscura.  ¿A qué te refieres?

 En Internet. En los anuncios clasificados. ¿Te suena?

 Claro que sí, no había caído… ¿Quién?

 Querrás decir quiénes. puntualizó Carl.

 ¿Varias personas?

Él asintió con la cabeza.

 Será mejor que lo compruebes por ti misma.

Y fueron desde el parque, su punto de encuentro, hacia el cibercafé.

 Aquí lo tienes.

Carl tecleó con destreza sobre el maltratado teclado, y, tras bastantes minutos, debido a la lenta conexión; la página se cargó.

 

Resultados en “Se busca persona residente en…”:

è Anónimo: ¡Hola! He estado buscando un poco, y he encontrado los datos de dicho sujeto; su nombre es Jeremy, de 33 años. Vive en las afueras, pero no he conseguido averiguar el número.

è Chico_Guay_17: Me parece que eso es acoso, no deberíais averiguar todo sobre una persona sin decirle nada. No os ayudaría ni aunque lo supiera.

è Lista&Guapa: Al igual que ha respondido el anterior, no nos parece bien lo que tramáis. Se siente, no hay respuesta.

è Agente008: Se llama Jeremy Steven.

 

Charlotte sonrió, satisfecha.

 Al menos dos personas nos han ayudado. Ya sabemos su nombre. Y su edad. Es mucho más de lo que esperaba.

 Te dije que te gustaría. Y lo que yo tampoco comprendo es por qué estamos haciendo esto. Ha sido idea tuya…

 ¡Vamos! Es simple curiosidad. Creo que si tú te encontraras a alguien igual a mí…

 Casi igual a ti. le interrumpió Carl.

Ella bufó.

 Casi igual a mí. rectificó.  También querrías saberlo todo sobre ella. No existen los clones, y tampoco suele haber personas TAN parecidas si no son gemelos, o algo. Y tú no conoces de nada a ese Jeremy.

 Exacto. No le conozco de nada.

El engaño continuaba agrandándose en las palabras del joven, y éste se sentía cada vez más culpable.

Lo hago por su bien; pensaba. Sin embargo, no sabía si eso era del todo cierto.

 

 

Una vez en su casa, Charlotte cogió la guía telefónica, y comenzó a buscar el apellido Steven por el índice.

Al fin encontró lo que quería. Su número de teléfono. Perfecto.

Se preguntó si se estaba obsesionando. Puede que un poco…

Miró la hora en su reloj de pulsera. Eran casi las doce. Al oír el despertador a la mañana siguiente se lamentaría por haberse quedado hasta tan tarde.

Se metió en la cama con la cabeza llena de pensamientos, entre los cuales abundaban Carl, y el completo desconocido; Jeremy.

 

 

 

 

Capítulo Ocho: ¿Plan Perfecto?

 

Al día siguiente, después de la inevitable jornada laboral, corrió hacia el parque, e informó a Carl de los detalles.

 Oh, vaya, parece que ya tienes su número, ¿No? Así te será más fácil llamarle para que te cuelgue. Lo próximo es la dirección. ¿Has pensado en ir comprando un bonito ramo? Recuerda que tampoco iría mal escribir una nota…

Ella hizo caso omiso de las mofas.

 Pues sí, voy a conseguir su dirección. Y voy a quedar con él.

 ¿A qué me suena eso?

 ¡Cállate!  estalló. Hoy estás insoportable.

Y se fue de allí, de nuevo a su casa, a precisar las últimas pinceladas de su obra maestra. En este caso, su plan perfecto.

 

 

Nadie sospechó nada cuando la vio salir a la calle, complacida. Nadie se alteró cuando la vio caminar hasta las afueras, y aproximarse hacia el edificio de las paredes ligeramente desconchadas. Ella se limitó a llamar al timbre y esperar.

 ¿Si? preguntó la ya bien conocida voz dulce y melodiosa.

Charlotte se estremeció. Esa voz le recordaba demasiado a Carl. A Carl y su pequeña discusión matutina.

 Buenos días. ¿Es usted Jeremy Steven?

La persona al otro lado del telefonillo pareció también reconocerla a ella. Y a partir de ahí, todo sucedió demasiado rápido.

 

Carl caminaba absorto en sus pensamientos por la avenida. Miraba al suelo, y sus manos se encontraban en los bolsillos de su chaqueta marrón.

Debería haberle dicho la verdad desde el principio, y lo sabía…

Pero Charlotte se habría enfadado.

¿Y qué? Mejor eso que esto…

¿Y ahora qué hago?

¿La sigo? ¿Me espero? ¿…?

En su interior se disputaba una batalla por elegir la respuesta correcta. Cualquier decisión errónea podría dejarla sin vida.

¡Eres un estúpido! ¡Podrías haberte ahorrado todo esto!

Suspiró amargamente. Charlotte era muy curiosa; y muy lista. Era probable que ahora mismo estuviera hablando con él.

Eso le hizo detenerse en seco. Debía detenerla. Tenía que hacerlo.

Sin pensárselo dos veces, corrió hacia las afueras de la ciudad, deseando con todas sus fuerzas que no fuera demasiado tarde.

 

 

 Charlotte Braunt, por lo que parece. Me alegro de volver a verte.

Ella dio un paso atrás.

 De modo que sí me conocías, ¿No?

Se rió. En su risa también se diferenciaba de Carl. La de éste tenía cierto aire burlón, como divertido, una risa feliz. La carcajada de Jeremy no poseía nada de irónica. Era aterradora, le cambiaba incluso el tono…

Ella tragó saliva, por instinto.

 ¿Ahora temes de mí? ¿No eras tú la que tanto me buscabas? Me parecía haberle visto en alguna parte, o a usted o a alguien similar… se ve que me habré confundido…  citó.

A Charlotte le inundó una ola de desesperación.

¿Cómo he sido tan ilusa? ¿De qué me conoce?

Quiso volver atrás, pero no había salida. Jeremy la vigilaba con su mirada luminosa, que en esta ocasión se le antojó como unos ojos horribles, que cegaban de tanta claridad.

¿Qué voy a hacer? O lo que es peor… ¿Qué me hará él?

 

 

Carl se deslizó hacia el edificio lo más rápido que pudo. Y lo que vio le dejó helado.

Él vigilándola, apenas dejándola moverse. Ella aterrada.

No le habían visto, pero tendrían que hacerlo.

 ¡Déjala, Jeremy!

Ambos se giraron y le miraron. Y fue entonces cuando se preguntó cómo pensaba salvarla. No lo sabía. Se limitaría a improvisar. Era lo que mejor se le daba.

 ¿Quién eres tú para impedírmelo?

Él cerró los ojos, reflexionando. Hacía tanto tiempo que no oía la voz de su hermano…

 

 

Charlotte aguzó la vista y distinguió la silueta de Carl, cruzado de brazos, plantándole cara a Jeremy.

Vistos así uno enfrente del otro eran tan parecidos. Un parecido demasiado realista. Prácticamente iguales…

Y de repente, mirando a Carl fijamente, se le ocurrió la forma de escapar de allí. Era tan sencilla que no sabía como no había pensado en eso antes. Carl no era una persona normal. Y ella tampoco.

Se concentró, acumulando energía desde la punta de los pies hasta la raíz del cabello. Se concentró más que nunca en su vida. Por él. Por los dos.

 

 

Carl se mordió el labio inferior, pensativo. La sola idea de plantarle cara a Jeremy le echaba atrás. Pero no podía hacer otra cosa…

 ¿Vais a hacer algo, o nos quedamos aquí callados el resto de la tarde?  le distrajo su voz.  Muy bien, vosotros lo habéis querido, voy a…

Pero no llegó a oír lo que pensaba hacer, porque un potente rayo de luz morada salió de las manos de Charlotte, apuntando a Jeremy, que cayó al suelo, inconsciente.

Ambos abrieron la boca para hablar, pero no se les ocurrió nada coherente que decir. Al final él comentó, como quien no quiere la cosa:

 Enhorabuena, Charlotte. Ya eres una bruja.

 

 

 

 

Capítulo Nueve: Toda la verdad

 

 Creo… creo que ahora sería un buen momento para que me lo contaras todo. murmuró ella señalando el cuerpo tendido. No sé cuándo se despertará.

Él asintió.

 Lo siento muchísimo. No debí haberte mentido. En fin, Jeremy Steven es… mi hermano.

Ella abrió mucho los ojos, e hizo ademán de interrumpirle, pero él no la dejó.

 Nunca me preguntaste por mi apellido, si te das cuenta. Yo soy Carl Steven, y los dos venimos del futuro.

>>Cuando te conté mi historia, omití algunos detalles importantísimos. Ese es el principal. Pero hay más.

>>Como bien sabes, los “alienígenas”, eligieron a 100 de nosotros para la trascendental misión de seguir la vida de alguien del pasado para después, contárselo todo y darle instrucciones sobre lo que tendría que hacer ante los problemas.

>>Los Steven éramos dos hermanos, Jeremy y yo. Nuestros padres habían muerto tiempo atrás, a finales de la guerra, y nos cuidábamos mucho el uno al otro. Éramos lo único que teníamos. Y no éramos dos hermanos corrientes, éramos mellizos.

>>Al viajar en el tiempo, nos separamos, caímos en ciudades distintas, pero por suerte, del mismo país, y no tardamos mucho en encontrarnos mediante magia.

>>El “elegido” de mi hermano se trataba de un político muy famoso. Sin embargo, yo sabía algo que él ignoraba. Que fue ese mismo político el que comenzó con las ideas conservadoras que hicieron que el mundo se enfrentara. Era por decirlo de algún modo; “el creador de la tercera guerra mundial”.

>>Intenté advertirle, pero no me hizo caso, y dijo que lo tenía todo claro. Perdimos la relación durante un tiempo, hasta que llegamos al 2008. Volvimos a contactar. Pero Jeremy ya no era el mismo. No quería saber nada de mí, ahora era frío, severo. Y no pensaba obedecer su tarea. Incluso pensaba cambiar los hechos para que la guerra fuera más violenta. Quería eliminar a los demás elegidos.

>>Supe que él solo no podía haber decidido eso. Alguien le había modificado la mente. Y sólo hay una forma de hacer eso: Mediante magia.

>>Los hechizos pueden ser de los más peligroso si no se utilizan inteligentemente, y para propósitos legales. E indagando bastante descubrí lo que más me temía; el político controlaba la magia. Y no precisamente para propósitos legales…

>>La verdad cayó sobre mí como una losa: El poder había sido el verdadero creador de la catástrofe. Pero no me di por vencido, el poder también podía salvarnos, no sólo condenarnos.

>>Por aquel entonces, mi hermano se había teñido el cabello de moreno para intentar parecerse menos a mí. Yo pensé que no podía hacer nada con el monstruo en el que se había convertido. El Jeremy Steven que yo conocía murió hace tiempo. No hay nada que se pueda hacer con una mente modificada.

>>Y, no mucho después, me encontré contigo en el supermercado. Y tuve bien claro que estabas preparada para convertirte en una excelente bruja. Cosa que ya has hecho. Esa es toda la verdad, la que te debí de haber contado en el parque, junto al lago.

 ¿Jeremy, tu hermano?

 Así es. Pero no este Jeremy. Tú nunca has conocido al verdadero Jeremy Steven.

 ¿Y qué hacemos con él?

 No creo que se pueda hacer mucho. Deberá regresar al futuro, y una vez allí… supongo que morirá pronto. Poca gente sobrevive ya.

Dos pequeñas lágrimas cayeron por la mejilla de Charlotte. Carl las recogió con su dedo.

 Venga…  le dijo.  Anímate. Lo has hecho muy bien. Has aprendido muchísima magia, eres una hechicera, y junto con los demás, cambiarás la historia.

 Pero tú no estarás allí. susurró ella entre hipidos.

 No…

 Eso es lo que más me duele…

Carl la abrazó.

 Bueno, dijo colocando su cabeza sobre su hombro. No puedo darte esa satisfacción, pero hay algo que si puedo darte.

Charlotte se enderezó para mirarle a los ojos. Como le gustaban aquellos ojos que jamás volvería a ver…

 Puedo darte esto.

Y la besó. Fue un beso fugaz, pero cálido, intenso… …a su manera. El beso más bonito de la vida de ambos. El más auténtico…

Tras unos instantes se separaron. Y se observaron tiernamente.

Charlotte. dijo Carl. Jamás te olvidaré, te lo prometo.

Yo tampoco…

Carl se cargó el cuerpo de su mellizo a la espalda y chasqueó los dedos. Una nube de humo rojizo emergió de la nada, envolviendo a los hermanos.

Durante una fracción de segundo, a ella le pareció ver su mano diciéndole adiós entre la polvoreda brillante.

Sonrió.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo: Una mirada

 

19 de Julio del 4580

La joven caminaba con paso apresurado entre la multitud. Perdida entre el gentío, se colocó de puntillas para lograr ver algo de la avenida llena de vehículos, peatones, conductores, edificios…

Y entonces lo vio.

Un muchacho poco mayor que ella, de cabello pelirrojo, y tez palidísima, casi blanca. Pero eso no era lo que destacaba en él. El joven poseía unos ojos de un color extraño, entre azul y verde. Y la luz.

Aquellos ojos desprendían luz. No dicho literalmente, claro está, pero eran claros, brillantes, hermosos…

El joven también se le había quedado mirando. Había algo en sus ojos oscuros y profundos que parecía gustarle mucho. Quizás demasiado.

Tras un segundo de vacilación, ambos continuaron su camino, y siguieron con su vida, como si nada hubiera sucedido. Pero se sentían extraños.

Una mirada.

No había sido más que eso; una mirada.

Sin embargo, esa mirada significaba mucho más de lo que ninguno de los dos podía imaginar. Significaba magia, amor, amistad, secretos, confesiones, mariposas en el estómago y sentimientos compartidos.

Una mirada como esa, muchas generaciones atrás, había salvado el planeta.

 

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